"La fotografía del paisaje es la prueba suprema del fotógrafo, y a menudo la decepción suprema" Ansel Adams

jueves, 16 de octubre de 2014

CÁNDIDO, EL SEGOVIANO: CANTERO DE ALPEDRETE



Acompaño estas imágenes con el hermoso y descriptivo texto de Julio Vías:

"Uno de los oficios más importantes entre todos los que se ejercieron tradicionalmente por las gentes de la sierra de Guadarrama fue la cantería, y por ello hace poco me acerqué a la localidad de Alpedrete, una de las más renombradas antaño por la calidad de su piedra y por la maestría de sus canteros. Es allí donde vive mi amigo el fotógrafo Javier Sánchez, que había preparado una entrevista con uno de los viejos canteros del pueblo: Cándido Muñoz, el Segoviano.

En Alpedrete hoy sólo funciona una cantera, la de Javier Martín Platas, situada en la Dehesa municipal al lado de la carretera de Villalba al puerto de Navacerrada, y allí nos dirigimos para ambientar nuestra entrevista. Lejos quedan ya los tiempos en los que en esta localidad se extraía piedra de más de 40 grandes canteras y de un sinfín de pequeñas explotaciones en las que trabajaban familias enteras de canteros, como los Goriches, los Cojitos, los Paz, los Balandines, los Montalvo, los Mudos, los Guillén, los Fernández, los Elvira, nuestro amigo el Segoviano y otros muchos.  



Eran dos los tipos de granito que se extraían en Alpedrete, ambos de grano fino y muy apreciados: la piedra berroqueña de la Dehesa, de tono gris azulado,  y la piedra rubia del Cañal o cañariega, de tonos dorados, que se extraía de las canteras situadas al otro lado de la carretera, en las laderas del cerro de Cabeza Mediana o “del Telégrafo”. La explotación de estas canteras se remonta a tiempos medievales y de ella procede el nombre del pueblo. El granito de las canteras de Alpedrete se empleó para la construcción del monasterio de El Escorial y para todo tipo de edificios en Madrid en forma de sillares, bordillos, dinteles, columnas, dovelas, adoquines y otras piezas de cantería.



























Cándido Muñoz González, el Segoviano, nació en 1937 en Villacastín (Segovia), otro pueblo muy vinculado a la cantería situado al otro lado de la sierra. Empezó a los trece años como pinche en la fragua del herrero arreglando los punteros y otras herramientas de cantería. Allí mismo aprendió el oficio cortando losas de granito, y después se hizo maestro sacando piedra durante los años 50 con destino a las obras de la basílica del Valle de los Caídos. Se trasladó a Alpedrete en 1964, donde se casó y se estableció por su cuenta tras comprar una cantera a Vidal Montalvo, trabajando la piedra con varios socios hasta su jubilación en 2001.

La vida del cantero era dura y sacrificada como pocas. Por lo general se comenzaba a trabajar en este oficio como aprendiz a la edad de diez u once años. Con esta temprana edad ya había que levantarse antes del alba y marchar hasta las canteras, situadas a veces a largas distancias. Después de una agotadora jornada de trabajo de diez horas bajo el sol o bajo la nieve había que regresar al pueblo y afilar los punteros, reparar las herramientas descompuestas o preparar las cuñas que debían ser utilizadas al día siguiente. Esta rutina se repetía a lo largo de años y años todos los días durante catorce horas, a excepción de los domingos y fiestas de guardar. Un accidente o una simple herida que incapacitara al cantero para trabajar suponían la pérdida del jornal y como consecuencia el hambre. 

























A pesar de ello al Segoviano le gustó siempre el oficio de la cantería, pues, como nos dice con convicción, para él era “muy libre” como propietario de una cantera. Entonces no existían los medios técnicos de hoy día para cortar y sacar los grandes bloques de granito, como son la sierra de hilo de diamante o las grandes máquinas excavadoras y todo debía hacerse a mano. Según nos cuenta, lo primero que debe saber un buen cantero es conocer a simple vista “la ley” de la piedra, que es la que determina la disposición y la dirección del grano del granito y que, según el argot de los canteros  normalmente va “a levante”. 

La ley forma la cara de la piedra que los canteros cortan en horizontal y es la más fácil de labrar. Además de la ley el cantero debía conocer de una ojeada o al simple tacto de la mano la mano buena y la mano mala, las otras caras de la piedra que facilitaban o dificultaban tanto el corte o tronce de la piedra como su labra. 


Los grandes bloques de granito se separaban de la roca madre pintando con una pigmentación rojiza de oxido de hierro una línea recta en la roca que debía seguir la ley u hoja de la piedra. A lo largo de ella se abrían cuñeras con el puntero a golpe de maceta en las que se introducían cuñas de hierro que se golpeaban una a una con una maza de diez kilos de peso, hasta que la piedra rajaba por igual. El bloque se separaba completamente de la roca con ayuda de palancas de hierro y después se dividía de igual forma en bloques menores que a su vez se dividían o labraban según conviniera.


Esta actividad secular de la cantería ha dejado en el paisaje que rodea a esta localidad una huella imborrable que se materializa en los innumerables vasos de canteras abandonadas que salpican por doquier los montes de La Dehesa y El Cañal, algunos de ellos completamente inundados por las aguas freáticas. El Segoviano nos enseña las más grandes, que hoy forman verdaderos lagos que constituyen valiosos refugios de biodiversidad, como la de Luciano Fernández y la de los Balandines, donde proliferan las truchas y todo tipo de especies de reptiles y anfibios hoy muy amenazados." 








2 comentarios :

  1. Muchas gracias por compartir estos reportajes tan interesantes sobre los oficios tradicionales que se han ido perdiendo. Tu labor a este respecto es encomiable y es una parte de nuestra memoria perdida, de la historia reciente de nuestros pueblos que ahora nos parece tan lejana y contrasta con el ensimismamiento que tenemos con las nuevas tecnologías electrónicas.

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